
KEMENTARIS
ROJO ETERNO
La perversidad del ser…
“Decidí intuir recorriendo palacios, desarmé por correr cada paso a seguir.
Ataqué como rey que asesina con gracia, no creí, no pensé, seria mi condición natural…”
De naturaleza imperfecta el hombre siempre ha ido contra la corriente en cuanto a sentir el bien en su interior. Nos gusta lo obscuro, lo malo, lo turbio, lo sórdido, lo bajo, lo perverso, en ocasiones a nuestro corazón le encanta retorcerse en extraños e intrincados laberintos de emociones contradictorias, por qué? Porque simplemente somos imperfectos. Pero en un plano un poco mas abajo de estos sentimientos que nos parecen tan aberrantes pese a que son parte de nosotros, está lo que de verdad encierra nuestro pequeño e indefenso corazón, la sensibilidad del ser, esa que es tapada por la perversidad de nuestro ser.
Si, somos sensibles y a la vez increíblemente perversos. Si, nos pueden herir con una simple palabra la que sentimos como la delgada hoja de una daga hundiéndose centímetro a centímetro en nuestro corazón, una palabra, claro que después de que hemos dicho mas de veinte que han herido a otros, pero tales palabras simplemente no las recordamos pues no consideramos que ellas fueron hirientes para otros, pero si recordamos esa palabra que nos causó dolor, que sensibles e insensibles somos.
A veces no son cuestiones de palabras son de conductas. Buscamos que se nos trate con cariño, que se nos crea, que se nos aguante, que se nos quiera tal y como somos, que se nos busque, que se nos perdone, que se nos ame, que se nos entienda, que se nos de nuestro espacio, que se nos deje invadir. Y somos perversos al no tratar con cariño, al mentir, al perder la paciencia, al exigir, al olvidar, al no perdonar, al dañar, al herir, al no amar con verdad, al no entender, al sobrepasar los límites o al no tenerlos, al mirar con desden el cariño que nos entregan otros.
Quizás muchos pudiéramos alegar, “es que no me di cuenta de lo que hacía”, pero la perversidad es nuestra marca de nacimiento, nuestra imperfección heredada, la llevamos con nosotros y a veces nos controla pues rara vez pasa que no nos damos cuenta de que estamos haciendo mal, la mayoría de las veces nuestro propio corazoncito pequeño e indefenso nos grita de lo profundo; “no continúes en esto pues muchos sufrirán por tu culpa y tu mismo no te librarás de ello”; porque lo que hiciste a otro, sencillamente se te será devuelto.
Pero la perversidad del ser, nuestra condición natural es poderosa y acalla esta pequeña vocecita en nuestro interior, solo para que mas tarde se cumpla en nosotros mismos la única y perfecta ley, “ojo por ojo, diente por diente”.
Sufrirás todo lo que hiciste sufrir.
KEMENTARIS
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